La gota que no llegó al vaso
La aniquilación del ejido
Por Jesús González Schmal
Su fórmula como organización nuclear para la producción agropecuaria, y el bienestar de las comunidades rurales, fue prostituida por su uso político
La gota que no llegó al vaso. Así puede denominarse la movilización campesina sedienta por la falta de agua y hambrienta por la falta de alimentos y de justicia. Su propuesta, en el fondo, es el que se deje de usar a los campesinos como tema de discurso, sin que se conozca ni se atienda éste vital sector económico y social de la nación. La fórmula del ejido como organización nuclear para la producción agropecuaria, y el bienestar de las comunidades rurales, fue prostituida por su uso político, que degeneró para ser solo trampolín para encumbrar líderes corruptos. Su verdadero y original propósito fue desvirtuado, y las políticas de apoyo y desarrollo productivo fueron quedando relegadas y supeditadas a las migajas del presupuesto con improvisados secretarios del ramo más atentos a sus conveniencias partidarias que al progreso del campo.
Cuando llegó el PAN se esperaba un cambio de esa práctica de postergación y manipulación del campesino. Sus plataformas políticas proponían la revaloración de la dignidad del trabajo agrícola y la importancia de éste en la misma necesidad de recuperar la soberanía alimentaria que México tuvo desde sus orígenes. Lejos de ese objetivo, el PAN arremedó el mecanismo priísta y desplegó los mismos métodos de control campesino mediante el manejo sectario de los apoyos técnicos y económicos al campo, repitiendo la creación de organizaciones fantasmas para el efecto.
Hoy, la lucha sigue siendo infernal para el verdadero campesino, que no sabe a cuál de los partidos irle, pero que, al fin y al cabo, sigue siendo sujeto a las mismas autoridades que se aprovechan de que, por su dispersión territorial y pobreza en todas las latitudes, son más vulnerables y susceptibles al engaño de promesas electorales siempre incumplidas. Los auténticos campesinos no quieren estar, permanentemente, como pedigüeños, de oficina en oficina, de trámite en trámite, lejos de sus labores y perdiendo el tiempo miserablemente. Se saben hombres de trabajo necesarios e insustituibles para la producción de alimentos, y por más que éstos hayan podido ser importados con los altos precios del petróleo en crudo, la realidad se está sobreponiendo porque hay, incluso, escasez mundial y su adquisición será imposible.
Jugar con el campo, o reducirlo a su uso partidista, ha sido un error de incalculables consecuencias porque el alimento para los mexicanos no puede quedar a expensas de que se produzca en cualquier parte del mundo y alcance cotizaciones exorbitantes.
Queda, ahora, claro cómo Carlos Salinas de Gortari le dio la puntilla a la reforma agraria privatizando el ejido para parcelizarlo y lograr su desmantelamiento. La obsesión neoliberal se impuso cuando la transformación debió haber sido dejar intacta la propiedad social y la del pequeño propietario, modernizar el ejido con la adopción de los principios del cooperativismo para blindarlo de los controles políticos y facilitar su operación asociada con otros productores en la vida económica del país.
Democratizar la empresa cooperativa ejidal era la respuesta obligada. En ella, el titular de la tierra podría producir en la misma e integrarse con sus hijos y descendientes en actividades que le den valor agregado a sus productos. En cambio, destruir el ejido, su concepción y diseño, y atentar contra su sentido tradicional de amor a la tierra de nuestras culturas originales y el modelo productivo, dentro del concepto de propiedad social susceptible de articularse para mejorar su desempeño bajo la fórmula cooperativista, es la herencia más abominable del salinismo.
El variado sistema demagógico de apoyo al campo, que va desde la proclama salinista de Procampo, Oportunidades, Solidaridad, etcétera, retomados por el calderonismo con otros y similares nombres para paliar la pobreza con el slogan “para vivir mejor” mientras, al mismo tiempo se prescinde de asistencia, infraestructura y previsión de contingencias atmosféricas, como la sequía y los incendios forestales, es el fondo de ésta tragedia nacional que hace que los campesinos tengan que venir hasta la ciudad para reclamárnoslo.
La “Marcha del Hambre” no es excepcional. Es el empobrecimiento gradual de la familia del campo, que ha agotado su capacidad para venir a asentarse en los cinturones de miseria de las grandes urbes. La cancelación de las posibilidades de emigración a la Unión Americana, que era una válvula de escape para las nuevas generaciones de campesinos, está manifestándose con falsas salidas de los jóvenes a la comisión de delitos para subsistir o a la abierta violencia para fugarse de la trágica realidad.
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