Desde que se inició el sexenio el Presidente enfrenta problemas con la juventud
Despotismo maniático
Por Jesús González Schmal
Narcisicopatía de Calderón se agudiza desde el inicio del sexenio, con una paranoia permanente, conocida como delirio de persecución
Desde que se inició el sexenio, Felipe Calderón enfrenta problemas con la juventud. Apenas 18 meses después de que el PRI lo cubrió para entrar a la Cámara de Diputados, en la que el legislador, del PAN, Jorge Zermeño le impusiera la banda presidencial, en pleno Palacio Nacional, un joven de nombre Andrés Gómez y su compañero, Mario Virgilio, con motivo del diploma y Premio Nacional de la Juventud 2008, que les quería entregar el propio Calderón, lo rechazaron llamándolo “espurio”. El incidente reveló la hipocresía de éste, que proclama la libertad de expresión de su régimen sin perjuicio de haber mandado detener al joven estudiante, del que, desde entonces, se desconoce lo que le haya ocurrido por su osadía de no ceder al halago y preferir expresar su inconformidad al hacerse la voz de millones de mexicanos que pensamos lo mismo.
Esta semana, en Guadalajara, ocurrió un hecho semejante cuando Calderón, al presentar el proyecto de la Ciudad Creativa Digital en Guadalajara, fue interrumpido por otro joven, que le espetó: ¿Cuántos muertos más?, ¿cuándo se va a acabar ésta guerra?, ¿adónde vas a vivir cuando termine tu gobierno?, a lo que, desde el atril, Felipe Calderón contestó: “Aquí, a lo mejor, mi estimado. Y si tú u otros pretenden que mi gobierno mexicano, mi gobierno, se quede cruzado de brazos, viendo cómo atentan contra los jóvenes de México, viendo cómo secuestran y extorsionan, están muy equivocados… que lo que los criminales desean es un gobierno que no se meta con ellos, como el que tú reclamas. Yo no digo que tú vengas a defender los intereses de ellos. Lo que sí te digo es que quienes pretenden que el gobierno se quede cruzado de brazos no defienden a la gente, y que los criminales hagan lo que se les dé la gana, están muy equivocados…”.
Ante la respuesta de Calderón, el joven, de nombre Tonatiuh Moreno, solicitó a Calderón “platicar afuera”, aunque de inmediato se negó y dijo que mejor ahí, en el auditorio. Le señaló que su gobierno, como ningún otro, ha respetado la libertad de expresión, que permite que tú te pares, grites y vociferes, o dialogues, y, sin darle la palabra, concluyó: Yo prefiero que dialoguemos, mi estimado”.
No cabe duda que la narcisicopatía de Calderón se agudiza desde el inicio del sexenio, con una paranoia permanente, conocida como delirio de persecución. Cada que se le cuestiona algo tan sensato como la racionalidad de la guerra que declaró a un enemigo que llamó originalmente el narcotráfico y que ha ido cambiando de denominación, siempre contesta que no está dispuesto a condescender con el crimen y que seguirá, ciegamente, su plan hasta el final. Nunca, ni cuando, como ahora, una persona aprovecha un momento donde puede estar protegido por la transmisión del acto para reclamarle no el fin de acabar con la delincuencia, sino los medios inadecuados para ello, o cuando, como el Movimiento por la Paz con Seguridad de Sicilia, se lo pide con testimonios reales de los familiares de los desaparecidos o asesinados, la constante es que Calderón responde lo mismo, es decir, no contesta, no dialoga, no trata de entender la pregunta, sino que, como autómata, asume la condición de víctima y acusa al disidente de estar confabulado con los criminales o no querer el bien de los jóvenes y de la gente.
La conducta reiterativa de Calderón, la obsesión de no moverse de su posición, el proceso de autoengaño narcisista de estar haciendo lo correcto; la reacción de sentirse incomprendido y perseguido, todo ello constituye, ya, un cuadro patológico que, desgraciadamente, tiene en vilo a la nación por las consecuencias de las decisiones que comprometen el futuro de México. La intolerancia agresiva frente a Tonatiuh, que lo invita a salir a platicar y le contesta injuriándolo con que “te permito que te pares, grites, vociferes”, y le manifiesta su preferencia al diálogo (eso sí, sin permitirle el micrófono para conocer, en todo caso, las razones de sus preguntas hechas en voz alta por falta de otro medio), revela ya el extravío total y la inclinación despótica, sin capacidad de autocrítica, lo que, simplemente, confirma lo que es un Estado maniático- crónico, sin salidas, por lo pronto.
La violencia verbal de Calderón para eludir contemplar otras vías de solución al problema delincuencial es lo que se llama, en psicoanálisis, “transferencias” en lo personal, y en lo político se traslada a la violencia que se vive en todo el territorio nacional.
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