Cada año nacen alrededor de un millón 800 mil mexicanos
Fructífera unificación progresista
Por Jesús González Schmal
Reciente irrupción de Cuauhtémoc Cárdenas, aportando a la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador, refrenda, sin ambages, la finalidad revolucionaria de un verdadero gobierno de izquierda
Cada año nacen alrededor de un millón 800 mil mexicanos. Al final de 2011 éramos 113 millones 489 mil, por lo que para 2050 llegaremos a 189 millones. Si, al día de hoy, la mitad de los que nacen en ésta patria sigue manteniendo un nivel de pobreza, porque sus ingresos diarios no llegan a los dos dólares, el futuro nos augura, con las tendencias actuales, que para la mitad del siglo serán alrededor de 100 millones de mexicanos pobres los que habitarán en nuestras ciudades y en nuestros campos.
Cuando se inició la Revolución hacia 1910 se calculaba que había 16 millones de habitantes y, para entonces, no se sabía con exactitud cuántos de ellos eran pobres ni, mucho menos, las distintas subclasificaciones de pobres patrimoniales, alimentarios y en pobreza extrema. Lo cierto es que sí eran multitudes desposeídas y, en su gran mayoría, analfabetas. Todos ellos sobrevivían en condiciones precarias y abandonados, sin protección legal, solo sujetos a la caridad de asociaciones religiosas o, excepcionalmente, a destellos de justicia en patrones honrados que los retribuían con mayor equidad.
La visión de los precursores de la Revolución, aunque pertenecieran a familias de clases acomodadas o de clase media, obedecía a una clara conciencia del deber de respetar los derechos de los más débiles. Ellos hicieron brotar un conjunto de fuerzas sociales en distintas regiones del país. Las demandas nacidas de nuestra propia iniciativa se nutrían, también, de los movimientos en otras partes del mundo, en donde se exigían las mismas reivindicaciones humanas que, más que nunca en la historia del hombre, se habían postergado por la explotación y excesos del capitalismo, que llevó a extremos inimaginables las diferencias de las clases sociales.
En México padecemos una tendencia a autodesvalorarnos y la amnesia histórica nos ayuda a ello porque, con frecuencia, pensamos que somos incapaces de remontar estadios de injusticia crónicos cuando, por el contrario, hemos sido capaces de proezas como la experiencia de una revolución social que, al final, produjo una Constitución, la más avanzada del mundo porque plasmó, como su propósito fundamental, el conseguir la tan deseada justicia social, que, a diferencia de otras revoluciones, no tuvo motivaciones religiosas o ideologías sectarias o de fanatismos, sino un interés superior, que lo era situar a los mexicanos en la senda de una mejor patria con la integración de gobiernos democráticos, justos, republicanos, que tuvieran como único objetivo el llevar al país a la civilización y el progreso.
Que eso se reflejó en el texto constitucional, pero no se trasladó a los hechos, es cierto. Sin restar un milésimo el mérito de quienes hicieron la Revolución, y comprometieron su vida misma en esos ideales, tenemos, hoy, que hacer una disección seria para saber ¿qué fue lo que pasó? ¿Porque ese absurdo abismo entre lo que se quiere y lo que en la realidad se consigue como pueblo?
Si buscáramos culpables individuales encontraríamos que fueron Victoriano Huerta, con el asesinato de Madero y Pino Suárez, así como Álvaro Obregón, y el grupo de Agua Prieta, con el asesinato de Carranza, los que cargan con la responsabilidad histórica de quienes frustraron la continuidad de la obra en sus fases armada, institucional y constitucional.
No obstante, no es suficiente sólo encontrar culpables. Hubo, afortunadamente, quienes se empeñaron en recoger y continuar la herencia revolucionaria. Uno de los más valiosos fue Lázaro Cárdenas, pero también, muy poco después, se interrumpió el proceso. Vinieron el alemanismo, el echeverrismo, el salinismo, el foxismo, etcétera, etcétera. Todos ellos con un ingrediente adicional: “Ir borrando la huella de la verdadera causa del origen de la Revolución en la pobreza de los mexicanos”. El móvil revolucionario se fue trastocando y, en nuestros días, ya no hay memoria, ni siquiera tenue, de los orígenes. Todo se sacrifica en el altar del poder, de la compulsión por el dinero y los privilegios como inercia fatal.
Contra esa fatalidad, hace seis años, Andrés Manuel López Obrador quiso rescatar la memoria histórica: “Por nuestro bien, primero los pobres”. La reciente irrupción de Cuauhtémoc Cárdenas, aportando a la campaña presidencial de éste año la propuesta programática “2012 Un México para todos”, refrenda, sin ambages, la finalidad revolucionaria de un verdadero gobierno de izquierda. La suma enriquecedora de éste planteamiento “al nuevo proyecto de nación” del Movimiento de Regeneración Nacional conforma, a los 95 años de la promulgación de la Constitución, una verdadera opción mexicanista.