Número 3234   Domingo 19 de febrero de 2012
El Impacto de la Palabra

En el sexenio de Fox se generó un escándalo cuando se divulgó el costo de las toallas que utilizaba

¿Cinismo o transparencia?

Por Miguel Campos Ramos

Los dispendios, en muchos casos innecesarios, no paran

Durante el sexenio del ex presidente Vicente Fox se generó un escándalo cuando se divulgó el costo de las toallas que la familia presidencial utilizaba en su aseo.

Eran precios no propios de un país amolado como México.

Naturalmente, pronto hubo defensores y detractores de tal dispendio.

Defensores, los empleados del presidente y, obviamente, los diputados del PAN.

Detractores, desde luego, partidos de oposición, de donde aún no sale un primer mandatario, y la mayoría de los mexicanos, que no entendía cómo se podía gastar tanto en unas simples toallas.

Entre las razones para justificar el aparentemente excesivo gasto estaba el hecho de la “transparencia”. Es decir, que por primera vez se daba a conocer esa erogación, a grado tal que se subió a la página oficial del Gobierno de la República para que todo mundo se diera cuenta de que eran otros tiempos, ya no se ocultaba nada, ya no había opacidad y discrecionalidad, como en sexenios pasados, naturalmente priístas, pues las familias presidenciales tricolores igual incurrían en dispendios, pero lo ocultaban, se dijo.

Naturalmente, durante todo el sexenio foxista, y en lo que va del actual, se ha esgrimido como un logro la “transparencia”.

El problema es que se sigue gastando desmesuradamente. Baste recordar lo que costaron los festejos del Centenario y el Bicentenario de la Revolución y la Independencia, respectivamente, incluido aquel adefesio llamado “coloso” que costó millones y nadie sabe dónde quedó (¿o alguien lo sabe?), y recientemente la “Estela de Luz”, que ya el vulgo calificó como “la estela de la corrupción” e incluso “de la sangre” (huelga decir por qué).

Igual, los gastos por el manejo de propaganda de los programas presidenciales, y de la propia imagen del primer mandatario (sobre todo en televisión), son de los más elevados.

La justificación para todo esto parece ser: qué más da mientras haya transparencia.

Igual pasó con el edificio del Senado, que no sólo fue altísimo, sino que, conforme lo iban construyendo, elevó sus costos. Ah, pero todo gasto se difundió “transparentemente”.

Y lo mismo pasa en el gobierno del Distrito Federal (basta recordar que todavía nadie sabe el costo del concierto de Britney Spears, en aras de la “discrecionalidad”).

Y pasa en los gobiernos de los estados.

Ah, pero eso sí: se pondera la “transparencia” y hasta hay firmas calificadores que otorgan premios por ella.

Todo eso mientras por todas partes hay pobreza (como en la sierra Tarahumara) o se escatiman apoyos para zonas en desgracia por la sequía.

Por eso, a veces debiéramos preguntarnos si la tan cacareada “transparencia” no es, en realidad, un eufemismo de “cinismo”. Quizá no estamos siendo más transparentes, sino simplemente más cínicos, pues los dispendios, en muchos casos innecesarios, no paran (baste recordar, nuevamente, la “Estela de Luz” y el gasto sólo para el acto en el que se inauguró).

Es aquí donde la propuesta de Andrés Manuel López Obrador cobra relevancia, pues él está planteando el regreso a la ética, a los valores, el respeto hacia los demás, virtudes con los que la transparencia saldría sobrando.

Claro, alguien dirá: pero él también incurrió en discrecionalidad cuando construyó sus famosos pasos a desnivel. Pues sí. En tal caso, que le exijan cuentas. Es el momento.

El punto es que los tiempos actuales, tanto en México como en otros países (volteemos a España, donde la propia familia del rey, vía su yerno, Iñaqui Undargarín, también ha mostrado el cobre), ya no están para dispendios (veamos la crisis europea).

Por eso, en la medida de lo posible tratemos de ser menos cínicos, aunque no seamos tan transparentes ni nos otorguen certificados de transparencia la firmas encargadas de hacerlo, por lo cual por cierto cobran, y muy bien.

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