El Consejo de la Comunicación lleva, una fuerte campaña para el fomento a la lectura
El fomento a la lectura y sus pequeñas metas
Por Herles Velasco
Iniciativa pretende sumar un mínimo de 2 millones 012 mil horas entre los empleados, y sus familias, del sector privado
El Consejo de la Comunicación lleva, desde hace tiempo, una fuerte campaña para el fomento a la lectura, denominada “Leer más”. Fuerte, al menos en cuanto a intención; ¿quién no ha visto un espectacular al respecto en la calle, o escuchado un comercial en la radio, o presenciado, en la televisión, a alguna figura pública recomendándonos una hora de lectura diaria? A ésta promoción se ha sumado una nueva iniciativa, que pretende sumar un mínimo de 2 millones 012 mil horas entre los empleados, y sus familias, del sector privado (ya se sumaron, públicamente, WalMart y Kimberly Clark de México). La estrategia, de entrada, ha sido calificada como alejada, por mucho, de la realidad nacional; los argumentos han sido desde los contenidos de calidad hasta la metodología para hacer las mediciones. A estos argumentos, que se presentan como válidos, dada la impresionante cifra (ya veremos un poco más adelante que no es tal), hay que sumar el desinterés, tanto de los potenciales lectores como de las editoriales, por hacer realidad la pobrísima meta de los empresarios.
El escritor Antonio Ortuño publicó cifras deprimentes respecto al desinterés de la sociedad por el tema de la lectura; en su desglose de números (basados, principalmente, en la encuesta nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales del Conaculta ) nos dice que de los más de 112 millones de mexicanos, sólo el 4% afirma leer hasta 5 libros al año y el 1% 10 o más. Para Ortuño, este 1% (unos 112 mil mexicanos) podría caber en una categoría apenas de “lector ocasional”.
Y está el eterno problema del costo de los libros, provocado, en parte, por el gran círculo vicioso que se abre y se cierra con las editoriales y librerías mexicanas, que al no vender libros optan porque los pocos que se vendan lo hagan al mayor precio posible, haciendo de la lectura un lujo caro que pocos pueden darse. El tema de la calidad en la mesa de novedades es otro asunto que no nos alcanza en este espacio para tratarlo a fondo. Definitivamente, las editoriales se han visto conformistas y no se les ve un interés ni de ampliar el mercado nacional ni de promover las ventas más allá de las fronteras. Mientras México le compra a las editoriales españolas 24 millones de dólares en libros, las editoriales nacionales sólo llevan a aquel país poco más de un millón y medio, y aunque se sabe que en la madre patria hay una, llamémosle, sobreproducción, también hay que decir que la apatía de este lado del atlántico es grande y que no se ha hecho lo suficiente por buscarle salida a los autores nacionales.
Haciendo cuentas, respecto a esas apantalladoras 2 millones 012 mil horas que busca el Consejo de la Comunicación, basta hacer un poco de matemáticas simples: Si los empleados de Walmart México rondan los 200 mil, tendrían que leer, sólo ellos, poco más de 10 horas al año por persona, menos de una hora al mes y apenas unos segundos al día, lo cual sería intrascendente para provocar un cambio sensible en los hábitos de lectura.
De plano, la apuesta ganadora parece que sigue estando en las organizaciones civiles, sin relación directa con el Estado o los empresarios, ya que tanto unos como otros parecen dar siempre lo que les sobra, mientras los primeros terminan dando tiempo y dinero que ni siquiera tienen, y muchas veces con mejores resultados . Ojalá y que, a falta de políticas públicas necesarias, el otro gran poder, el empresarial, se pusiera las pilas en este asunto y viera que la cultura es una inversión en la que vale la pena el esfuerzo; ni siquiera hay que mirar muy lejos, en la experiencia de otros países, para comprobarlo.
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