Número 3234   Domingo 19 de febrero de 2012
Sociedad y Justicia

Es lengua de doble filo y corta por los dos lados, según se le maneje

El discurso de la palabra y el del silencio

Por José Elías Romero Apis

¿Por qué tal político dijo esto? ¿La idea es suya o del autor que lo atiende? ¿Sabrá el contenido o estará inconsciente de lo que está diciendo?

En estos tiempos mexicanos es mucho lo que escuchamos como discurso político. En ocasiones, resulta demasiado. La profusión puede ser buena o mala. El discurso es lengua de doble filo y corta por los dos lados, según se le maneje.

Ello me ha recordado algo que hace mucho tiempo no traía a recuerdo. Allá en mis años juveniles me resultaba importante la elaboración profesional de discursos. Mi clientela estaba compuesta por varios políticos importantes de ese tiempo. La tarea era muy bien pagada, para bien de mi sufrido presupuesto juvenil, y, además, me resultaba muy divertido porque es mucho más divertida, por su complejidad, la fabricación del discurso ajeno que la del propio.

En el discurso ajeno deben considerarse los atributos y limitaciones de otra persona, quien lo pronunciará. Su tono, su potencia, su entrenamiento, su imagen, su estilo y decenas de otros factores que en uno ya se conocen y ni siquiera se analizan. Es como el dramaturgo que escribe lo que otros dirán, pero, además, me resultaba variado porque mis clientes eran, todos, muy distintos. Eso me obligaba a considerar cada peculiaridad y cada exclusividad.

Lo que quiero compartir es que en cierta ocasión me encontraba con un cliente, en su imponente oficina, revisando la pieza que me había encargado. Le gustó mucho. Su agrado me satisfizo porque ese cliente era un magnífico orador político. Mi trabajo se debía a su falta de tiempo, no a su incapacidad tribunicia. Dijo que le parecía que sería el mejor de todos “sus” discursos. En realidad, ese discurso era de él, y no mío. Primero, porque había pagado por su elaboración. Segundo, porque a él se lo atribuirían todos los que lo escucharan, no a mí. Tercero, porque fue hecho a la medida y para las circunstancias de él, no las mías.

Cuando terminamos la revisión, y después de que lo leyéramos en voz alta, primero yo y él después, allí mismo, en su oficina, me invitó un whisky y nos pusimos a platicar. Me preguntó mi manera personal para hacer un buen discurso. Le contesté que no sabía cuál sería la mejor, pero le referí la que más me acomodaba. Primero, poner en el papel todo lo que los demás quieren escuchar sobre el tema de la ocasión. Segundo, agregarle todo lo que uno debe decir en ese momento. Por último, se puede añadir todo lo que uno quiere decir. Esos son los ingredientes. Ahora, vamos a las dosis.

Para ello, parafraseando a Miguel Ángel, debemos borrar todo lo que sobra.

Lo primero es quitar todo aquello que está de más porque no lo quieren oír ni de nosotros ni de nadie. Todo aquello que nos muestre mentirosos, cínicos, irresponsables, inconscientes, miedosos, interesados, abusivos, egoístas, débiles o menores.

En segundo lugar, eliminar lo que no debemos decir ni allí o quizá nunca. Lo que lastima innecesariamente. Lo que revela lo guardado secretamente. Lo que se anticipa indebidamente. Lo que asusta imprudentemente. Lo que se predice tontamente.

Y, por último, en tercer lugar, utilizar la autocrítica más franca sobre nuestros gustos y deseos discursivos. Con ella, eliminar nuestras frases huecas, tontas o inútiles.

Si después de esto queda algo, ese es el discurso. Ya tenemos algo que, seguramente, será bueno y apreciado. Si no queda nada que quieran escuchar, y nada de lo que debemos decir, olvidémonos de lo que queremos decir y preparémonos para guardar silencio.

Le dije que debíamos prepararnos porque, en ocasiones, un mutis es más elocuente que una arenga. Así como la música se define como una armoniosa combinación de sonidos y silencios, el discurso político puede considerarse como la adecuada combinación de lo que decimos y lo que callamos. Creo que mi respuesta le gustó porque me invitó otro whisky y, desde entonces, me dobló los honorarios.

Este es el resumen de una grata charla que duró más de dos horas, lo cual no es común entre alguien que es un protagonista estrella de nuestra política y un joven desconocido y todavía, entonces, de porvenir incierto.

Más adelante, la vida hizo que los discursos que yo escribiera ya fueran los míos propios, y no los ajenos. Ya no tendrían la diversión ni la remuneración, pero me aportaron algo que no tenían aquellos: la emoción al decir los míos. Además, se me insertó la curiosidad al escuchar los ajenos. ¿Por qué tal político dijo esto? ¿La idea es suya o del autor que lo atiende? ¿Sabrá el contenido o estará inconsciente de lo que está diciendo? ¿Se fijaron que no dijo aquello? ¿Lo habrá leído antes?

Estos recuerdos no los comparto por ocio. Estos tiempos electorales nos brindan estos formidables instrumentos. A los participantes les permite mostrarse. A los espectadores nos permite examinarlos, pero, sobre todo, para saber de antemano si ellos y nosotros nos entendemos, y nos vamos a entender. Para saber si nos encaminamos hacia el terreno de la sensatez y de la certeza, que en política se llama gobernabilidad, o si, por el contrario, vamos a descarrilarnos en esa mezcla de mutismo y autismo que, desde el Génesis, conocemos como Babel.

Abogado y político.

w989298@prodigy.net.mx

* Siete veces ex subprocurador en las procuradurías General de la República y del Distrito Federal

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