Número 3246   Domingo 13 de mayo de 2012
Sociedad y Justicia

Escuchamos a los candidatos y tratamos de adivinar sus equipos

Los gabinetes del futuro

Por José Elías Romero Apis

La administración pública es una escuela donde se aprende a trabajar con lo que se tiene, y no necesariamente con lo que se quiere

Escuchamos a los candidatos y tratamos de adivinar sus equipos. Ojalá el ganador también sea acertado en sus designaciones.

Se cuenta que, ya casi terminada y ganada la Segunda Guerra Mundial, Franklin Roosevelt le confesó a George Marshall que tuvo ciertas dudas cuando éste le propuso a Dwigth Eisenhower como comandante supremo del ejército aliado. Tres fueron sus razones de titubeo. La primera, que no tenía experiencia práctica. La segunda, que no tenía la fama de otros generales. La tercera, que tenía un rango menor que algunos otros. Sin embargo, él era un político, no un militar, y si bien podría vetar, no tendría a quién proponer en sustitución.

Marshall le contestó que todo eso lo había tenido en cuenta y que por esas razones lo propuso, y se explicó con su presidente. En efecto, Ike no tenía experiencia, pero nadie la tenía. Esa sería una guerra distinta a todas las anteriores y resultaba mejor no tener ninguna experiencia que tener aquella que estorba y no ayuda.

En efecto, Ike no tenía la fama casi legendaria de George Patton o de Douglas McArthur, pero tampoco tenía los arranques de vedette de aquellos, y que sería mucho más cómodo trabajar con un comandante respetuoso y dócil que con un arrebatado indómito y grosero.

Por último, en efecto, Ike era un general de menor rango jerárquico que aquellos, pero por eso mismo lo escogió. Necesito un general que quiera ganar medallas, no que ya las tenga.

El presidente sonrió ante la astucia de su más importante general. Comprendió lo similar que son las estrategias de la guerra y las de la política. Y se complació de ver su acierto conjunto al depositar en esas manos la maquinaria de guerra más importante que ha existido en la historia de la humanidad.

Se ha dicho que el gabinete presidencial es el Tarot de la política, pero es un Tarot infalible. No se equivoca en sus mensajes ni en sus pronósticos. Las cartas de cada equipo político tienen las cualidades que algunos atribuyen a los arcanos del Tarot. Están cargados de significado, y hasta de premonición. Indican el carácter y predicen el destino de un gobierno. Por eso es bueno observar cada designación.

Los cargos políticos, por más que queramos verlos con pura institucionalidad, tienen nombre y apellido. Una ratificación en la cartera de economía anuncia continuidad en los modelos económicos. Una componenda interpartidista en la cartera de justicia indica, inexorablemente, que a esa administración no le interesa la justicia. Una designación indescifrable denota que el designante no entiende o no quiere que lo entiendan. Una profusa rotación de mandos muestra erraticidad en los criterios o equivocación en los métodos.

El equipo de trabajo político en algo se parece a la adivinación. Nos dice mucho de lo que fue o nos anticipa mucho de lo que va a ser un gobierno. A los hombres de Estado y de gobierno es muy difícil conocerlos por sus palabras. El discurso suele ser complicado, críptico, errático, equívoco, taimado, ingenuo o cínico. Se les conoce muy tardíamente por sus obras. Generalmente, cuando ya no hay remedio, cuando ya están terminando o cuando ya se fueron, pero se les conoce, muy acertadamente, por sus equipos. En ocasiones, a través de lo que son sus subalternos, el ciudadano puede conocer mejor a su gobernante de lo que podría llegar a conocerse él mismo.

La administración pública es el espacio insuperable para ejercitar las cualidades creativas. Para conocer a fondo los problemas específicos. Para el diagnóstico y la selección de soluciones. Para implementar lo que es posible y desechar lo utópico. Para ser el puente de unión entre las exigencias sociales, los compromisos de la política y las recomendaciones de la sensatez.

Es en la administración pública donde se aprende a hacer funcionar la cosa pública a como dé lugar. Sin recursos, sin apoyos, sin comprensiones, sin las personas más idóneas, sin tecnología, sin equipamiento y, muchas veces, sin soportes normativos ni apuntalamientos políticos. No es un taller de concesionaria automotriz donde se reparan los automóviles importados, donde se utilizan refacciones de catálogo ineludible, herramientas de precisión tecnológica y mecánicos entrenados quién sabe dónde.

Nada de eso. Se trata, más bien, de un pequeño tallercito de talachas artesanales donde se reparan carcachitas. Donde se usan las refacciones nuevas o usadas que se pueden encontrar y que se pueden pagar. Donde el maestro mecánico dispone de algunas herramientas modestas. Y donde se auxilia de ayudantes que medio van aprendiendo y que faltan dos veces por semana.

Por esas características, la administración pública es una escuela donde se aprende a trabajar con lo que se tiene, y no necesariamente con lo que se quiere. En ella se aprende a trabajar rápido, a desarrollar capacidad de síntesis, a diagnosticar el fondo de los problemas, a imaginar soluciones múltiples, a atender a un público numeroso, a guardar secretos, a conservar distancias y a muchas otras aptitudes.

Abogado y político.

w989298@prodigy.net.mx

* Siete veces ex subprocurador en las procuradurías General de la República y del Distrito Federal

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