Número 3246   Domingo 13 de mayo de 2012
Sociedad y Justicia

Ya están definidos los competidores reales del próximo “handicap presidencial”

El expertise de los ganadores

Por José Elías Romero Apis

No es fácil lograr asumir. No es sencillo triunfar en la encomienda. No es elemental preservarse en la cumbre. Ello es el privilegio de los muy pocos, que son los escogidos

Ya están definidos los competidores reales del próximo “handicap presidencial”. Es por eso que, en muchas mesas de análisis y hasta en mesas de sobremesa, nos damos gusto pontificando sobre lo que deberían hacer los candidatos presidenciales para conquistar el tan anhelado trofeo.

Desde luego que no existen recetas infalibles. Arthur M. Schlesinger llevó a Kennedy no sólo a la Casa Blanca, sino hasta los terrenos de la leyenda. Richard Morris, en tiempos más recientes, ha cobrado muy bien por sus consejos, unos útiles y otros no tanto. La crónica está llena de consejeros y aconsejados. Todos sabemos lo que hay que hacer, pero no todos sabemos como hacerlo. Quizá por eso Rodrigo Gómez decía que los asesores de los políticos eran como los eunucos, que sabían lo que había que hacer, pero que no podían hacerlo.

Ello me ha recordado algo que he compartido en muchos coloquios amistosos. Hace muchos años, un joven antillano aprendiz de jockey le decía a mi padre, para entonces ya un sabio abogado, político y caballista, que algún día querría ganar el gran derby de este país y olvidarse de las estrecheces que había sufrido en el suyo. Además, le hizo la obligada pregunta de qué hacer para lograrlo.

Mi padre le contestó que sólo se requerían dos cosas muy sencillas. La primera, ir a bordo del mejor caballo. La segunda, lograr que ningún otro caballo cruzara la meta antes que él. Es como decirle al candidato que la fórmula reside en que nadie obtenga más votos que él. Es el caso que el joven caribeño de mi relato guardó silencio, sin acertar si lo que le habían surtido era una broma. Entonces, su patrón le hizo una muy comedida aclaración.

Para comenzar, le dijo que le había preguntado el qué?, y eso le había contestado, pero quizá quiso preguntar el cómo?, y eso se lo contestaría ya centrado en el primer factor. Para que lo designaran en la monta de un caballo estelar, los caballistas propietarios tendrían que convencerse de su pericia, de su valentía, de su honestidad, de su lealtad y de su responsabilidad. Que lo observarían en la pista y fuera de ella. Su comportamiento en la monta, en el hogar, en la cantina, en el gimnasio y hasta en el banco. Lo que comía, bebía y gastaba. Sus amistades y sus aficiones. Es así, exactamente, como los electores observan a los candidatos.

Sólo así le confiarían sus mejores ejemplares. Aquellos que valen mucho y quieren mucho. Sólo a alguien que sabe de las estrategias de sus contendientes y que sabe si a estos los inscribieron para ganar, para estorbar o nada más para presumir. Que a él no lo vencería, nunca, ni la fatiga de una farra previa ni el apetito de un jugoso soborno, ni el temor de una lesión fatal.

Todo ello, segunda recomendación, le serviría para saber el momento de bajar o retener el fuete, de soltar o recortar la rienda, de presionar o rebasar. En mi analogía, esa es la sabiduría de gobernar. Para saber que una curva que se debe correr a 60 kilómetros por hora no se corra a 61, porque su caballo podría cansarse, despistarse o fracturarse, pero tampoco a 59, porque perdería la carrera.

Al cabo de algunas temporadas, éste jinete ganó la anhelada competencia. Mi padre le había entregado su mejor caballo y, dos minutos después, él se lo había regresado ya campeón. Con otras cuadras también tuvo éxito, hasta que los caballistas norteamericanos se lo llevaron para las pistas mayores. Allá triunfó, hasta que su apetito de trofeos se convirtió en hambre de billetes y su ansia de victoria se trocó en sed de alcohol. De esa manera terminó echado fuera del deporte hípico.

Este suceso lo he recordado en mi vida política. Para triunfar en ella tan sólo requerimos que nos encomienden la alta responsabilidad que deseamos y desempeñarla bien. El verdadero político tiene que conducirse con pericia, con valentía, con lealtad, con honestidad y, sobre todo, con un alto sentido de responsabilidad. Es una vida más llena de sacrificios que de placeres. Todo ello le servirá, si tiene suerte, para que lo designen o para que lo elijan, según se trate de un cargo conferido por un electorado ilusionado o por un patrón esperanzado.

El encargo oficial es el equivalente de mi ejemplo a la monta anhelada, la que tanto esfuerzo le cuesta lograr al político de carrera porque en la real política, la única en la que creo, es muy difícil llegar, y todos aquellos que lo logran por la vía fácil suelen terminar pronto y mal.

El verdadero dueño del caballo encomendado es el pueblo que lo ha elegido o el jefe que lo ha designado. Él fue quien le confió la secretaría, la gubernatura o la Presidencia, según sea el caso. A él tendrá que devolvérsela en mejores condiciones que como la recibió, pero también el responsable tendrá que concluir mejor que como se inició. Con mayor respeto que al principio. Sin perderse en los extravíos ni caer en los desbarrancos, como el jinete de mi crónica.

No es fácil lograr asumir. No es sencillo triunfar en la encomienda. No es elemental preservarse en la cumbre. Ello es el privilegio de los muy pocos, que son los escogidos.

Abogado y político.

w989298@prodigy.net.mx

* Siete veces ex subprocurador en las procuradurías General de la República y del Distrito Federal

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