El linchamiento de tres jóvenes en Chalco remueve nuestra conciencia y nuestra imaginación
Chalco y Salem
Por José Elías Romero Apis
La barbarie nos amenaza; dice un proverbio andaluz que la fuerza de una cadena es idéntica a la del más débil de sus eslabones
El linchamiento de tres jóvenes en Chalco remueve nuestra conciencia y nuestra imaginación frente a la barbarie.
Democracia y libertad son dos de las tres consecuencias fundamentales de la igualdad entre los hombres. La democracia, que es su consecuencia política. La libertad, que es su consecuencia jurídica. Y la justicia, que es su consecuencia moral. La una sin las otras siempre es ilusoria y siempre tiende a ser perentoria.
Es en la igualdad donde se finca la organización que garantiza la libertad, la democracia y la justicia, y no a la inversa. Es decir, son estas las que nos lleven al logro de aquella.
Es la igualdad, y ninguna otra oferta, la que nos lleva al ejercicio de la democracia, al logro de la justicia y a la victoria de la libertad.
La conjunción de esas tres consecuencias de la igualdad representa un reto de grandes proporciones para las sociedades y, muy particularmente, para aquellas que se encuentran en proceso de transformación, como la nuestra. Desde luego que no se excluyen, pero es necesario reconocer que el advenimiento de la democracia, el de la libertad o el de la justicia, no implica, necesariamente, el de las otras.
Pareciera que, con creciente frecuencia, el discurso político actual va aumentando su confusión entre los conceptos de libertad, democracia y justicia. El asunto no sólo tiene que ver con un refinamiento técnico de la política, lo cual no sería tan grave si no fuera para mal, con una erraticidad en la búsqueda de caminos, de consensos y hasta de destinos.
Democracia y justicia pueden existir por separado y ha existido el Estado de derecho sin el Estado de democracia. Puede tratarse de una dictadura o de una tiranía, o, bien, hasta de una monarquía donde se encuentre entronizado el imperio de la ley, pero donde la voluntad popular no haya participado ni en su génesis ni en su aplicación.
Por el contrario, existe el escenario opuesto. Democracia sin ley y sin justicia. El linchamiento. El enjuiciamiento popular. La pura voluntad de las mayorías sin encauzamiento de normas ni respeto de principios. El mitin, el plantón, la marcha, las pintas o los símbolos como instrumento de demanda o de resolución.
La fusión entre justicia y democracia se resuelve, en muy amplias potencialidades, para el bienestar social. La reunión del Estado de derecho con el Estado de democracia equivale, en política, a lo que en física o en química es el uranio enriquecido. Una aleación difícil, pero rica y poderosa.
Porque si bien no se excluyen, lo cierto es que provienen y devienen en una esencia y una fenomenología disímbola. La democracia sirve para lograr lo que queremos. La justicia sirve para lograr lo que debemos. La democracia se finca en la voluntad. La justicia se finca en el deber. La democracia es una fórmula del depósito del ejercicio del poder. La justicia es una fórmula del uso del poder. La democracia triunfa cuando el pueblo ha sido complacido. La justicia triunfa cuando el pueblo ha sido respetado.
La sociedad mexicana está cansada de tanta injusticia, pero no solamente las personas más humildes de nuestro pueblo, hoy tan sumidas en la pobreza, en la debilidad y en la humillación. También los mejor posicionados profesionales del derecho, a diario, sufrimos las humillaciones de la injusticia.
Desde luego que la mayoría de los juzgadores son limpios, conocedores y bien intencionados, pero aquella minoría corrompida por el dinero, por el poder y por la sinrazón lastima a su gremio y a la sociedad toda.
Sin embargo, todavía sufrimos, a diario, la existencia de múltiples sentencias que no se basan en pruebas, sino en suposiciones, en consignas o en componendas, pero, a diferencia de aquella injusticia pretérita que trataba de sustentar la sentencia injusta en una serie de refinados argumentos legaloides, la injusticia de hoy hasta eso ha perdido. Prevalece el cinismo y, en muchas ocasiones, la sentencia atropella a la norma con su propio reconocimiento y su propia confesión, a sabiendas de que sobre ello no recaerá consecuencia alguna proveniente de ningún ombudsman ni de ningún fiscal ni de ningún consejo judicial.
Vi, hace pocos años, una nueva y magistral versión cinematográfica del célebre drama, de Arthur Miller, “Las brujas de Salem”. Al concluir me quedó una sensación amarga después de dos horas de estar plenamente inmerso en suposiciones, en supersticiones, en habladurías, en prejuicios, en fanatismos, en obsesiones, en mentiras y en vicios en los que se funda un proceso penal colectivo y una monstruosa injusticia sin una sola prueba.
Si, un día, los humanos se deciden a suprimir la prueba, sería más pragmático, más cómodo y menos oneroso que suprimieran al proceso. Ojalá que Salem esté cada vez más lejos y no cada vez más cerca.
La barbarie nos amenaza. Dice un proverbio andaluz que la fuerza de una cadena es idéntica a la del más débil de sus eslabones. Cuidémonos de nos ser el eslabón de la humanidad que nos regrese a las cavernas.
* Siete veces ex subprocurador en las procuradurías General de la República y del Distrito Federal