La importancia de su trabajo
El expertise del abrepuertas
Por Francisco Galindo Ochoa
No era destacable saber abrir las puertas sino saber cerrarlas
Hace muchos años, un fulano se desempeñaba como abrepuertas en el estacionamiento oficial de una importante dependencia del gobierno federal.
Su trabajo daba la impresión de ser muy sencillo, además de muy modesto. Abrir y cerrar la puerta del automóvil del secretario y de los tres subsecretarios. Total, cuatro abiertas y cerrones en la mañana, al mediodía, a media tarde y ya entrada la noche.
El primer subsecretario, no obstante ser un hombre respetado por su seriedad, era afable y hasta guasón. Muchas veces, al saludar al modesto portero, lo estimulaba diciéndole que era el abrepuertas más importante de la secretaría y uno de los más importantes del gobierno.
El interpelado contestaba, con mucho orgullo: “Favor que usted me hace, mi-jefe”. Pero un buen día le ganó la vanidad y se aventuró a decir a su alto jefe: “No cualquiera sabe abrir bien las puertas”.
El importante funcionario, al cual “no se le iba ni una”, lo rectificó diciéndole que estaba equivocado. Que lo importante de su trabajo no era saber abrir las puertas sino saber cerrarlas. El bedel se quedó hecho un pendejo y el sagaz político procedió a explicarse, con palabras sencillas.
Le contó la razón por la que había llegado a ese trabajo, cuando el anterior abrepuertas demostró su incapacidad, no al abrir sino al cerrar la puerta. Una ocasión al propio subsecretario y, otro día, al mismísimo secretario les cerró la portezuela, cuando el chingón pasajero aún no había recogido la pierna. Por si fuera poco, el infeliz matacuaz creyó que algo se había atorado en el gozne y presionó con toda su fuerza para dominar el obstáculo mientras que el apergollado le gritaba, con todo enojo, “¡abre-la-puerta-hijo-de-la-chingada!”, palabras altisonantes, hasta entonces inusuales en el jefe máximo de las finanzas nacionales.
En ambas ocasiones, los dos funcionarios llegaron a su comida, uno en el imponente Banco de México y el otro en el suntuoso restaurante Ambassadeurs con la espinilla abierta, el pantalón rasgado, el paso cojeante y un dolor de la chingada. De inmediato, ambos se pusieron hielo, se aplicaron merthiolate, se pegaron un “curita”, se metieron dos aspirinas y se empujaron un par de tequilas. La doble falta determinó que el imbécil centinela se fuera a la chingada sin liquidación, sin aguinaldo y sin recomendación.
Por eso, remató, hoy estamos pendientes del abrepuertas y apreciamos mucho cuando hace bien su trabajo. No es una tarea menor para nosotros y hemos aprendido, en verdadera carne propia, lo que es un buen abrepuertas. Le subrayó que lo habían visto hacer su trabajo sin errores. No sólo nunca los había lastimado sino que ya se habían fijado, incluso, que nunca había cerrado tan fuerte que lo convirtiera en un portazo majadero ni tan débil que no embonara el cerrojo obligando a una repetición molesta. “El suyo, don fulano, es un trabajo humilde, pero lo importante es que usted lo hace de manera perfecta”.
En efecto, cuánta razón había en todo ello. Es más fácil aprender a abrir que aprender a cerrar. No sólo cerrar una puerta sino cerrar un asunto, un acuerdo, un secreto, una etapa de trabajo, un ciclo de vida, una sociedad, una amistad, un romance, un pleito, un enojo, una tristeza, un sexenio, una carrera o un rencor. El que nada más sabe abrir, en realidad no sabe nada. Pero el que sabe cerrar puede considerarse sabio, maduro, templado, seguro y, quizá, hasta feliz.
Años más tarde, el hijo de ese subsecretario también se desempeñaba como vicetitular de una importante institución del gobierno federal cuando, cierto día, llegó hasta la puerta de su jefe. Allí le informó a un joven cancerbero provisional que lo había llamado el procurador. El inexperto portero le dijo “pase usted mi-jefe”. “De ninguna manera. Yo puedo abrir todas las puertas de esta dependencia, menos la de mi jefe. Por protocolo político, eso me está prohibido. Usted está para abrirla, no para cuidarla. Es abrepuertas, no guardaespaldas. Usted es quien debe avisarle, como heraldo, sólo tres palabras: ‘el-señor-subprocurador’, mientras yo espero a unos pasos, donde no pueda ver hacia el interior hasta que me autoricen”.
Al salir, el joven vice-fiscal-en-jefe le surtió una amable explicación al bruto conserje, en compensación a su fuerte regaño. “En esta dependencia yo solamente tengo un jefe y en este mundo sólo tengo dos. Son muy pocas personas como para no respetarlas debidamente. Yo no puedo entrar a la oficina de mis jefes, aunque ellos me hayan llamado. No vaya a ser que los sorprenda echándose un pedo, rascándose la cola, sacándose un moco, hablando con una novia, disculpándose con su esposa o contando una lanota. En cualquier caso sería muy incómodo para ellos y muy peligroso para mí”.
Bien dicho por este subabogado de la nación. Esto nos enseña que, además de saber cerrar, también hay que saber abrir. Todos los grandes han sido maestros en abrir y expertos en cerrar. Los pendejos, por el contrario, con todas las puertas se machucan los dedos o se les pierde la pinche llave.
Vale.