Número 3246   Domingo 13 de mayo de 2012
Volver a empezar

El humano muy fácilmente se ve con elegancia y gallardía cuando va ascendiendo

Saber moverse en las escaleras

Por Francisco Galindo Ochoa

En el peor de los casos, si uno trompica y cae, lo único que llega a suceder es un pinche espinillazo de la chingada, pero nada más

Toda persona medianamente reflexiva tiene muy en claro lo que se debe hacer cuando se sube o se baja una escalera.

Saber subir las escaleras no representa mayor problema. Si acaso el esfuerzo físico necesario para tener el debido impulso y, desde luego, la suficiente fuerza en las piernas para que cada una de éstas, de manera alternativa, pueda aguantar todo el peso de nuestro cuerpo.

De allí en fuera no hay ningún otro problema mayor. En el peor de los casos, si uno trompica y cae, lo único que llega a suceder es un pinche espinillazo de la chingada, pero nada más. Por si fuera poco no se requiere, para ascender, ningún arte estético corporal. Cualquier pendejo se ve bien subiendo las escaleras. Recuerdo a un jefe y amigo mío que era muy chingón, que las trepaba hasta “de dos en dos” y con eso apantallaba a todos los güeyes, demostrándoles su vigor y vitalidad.

Pero, en cambio, para bajar sí está más cabrona la cosa. Primeramente, porque allí hay que cuidar mucho la figura. El humano muy fácilmente se ve con elegancia y gallardía cuando va ascendiendo. Pero el descenso es un ejercicio muy grotesco. Lo mismo el hombre que la mujer se ven muy ridículos cada vez que doblan las corvas para encoger una pata y mandar la otra hacia adelante tan tiesa como si fuera de palo.

Quizá por eso, a los miembros de la realeza y a las modelos de postín los tienen que enseñar a bajar las escaleras para que medio se vean normales y los mirones no se rían de ellos. Quizá por eso, también, se suprimieron los espectáculos donde las quinceañeras, pendejas de por sí, tenían que bajar una escalinata ante los ojos de un chingo de gorrones sarcásticos y burlones.

Pero, segundamente, además del riesgo del ridículo está el peligro de lo físico. Porque una caída para abajo no es lo mismo que para arriba. En ésta, como dijimos, no pasa de un madrazo en la canilla. Pero caer hacia abajo es rodar hasta el final de los escalones. En esas caídas la desmadrada es mayúscula. Muchos, de esa manera, han perdido la dentadura o se han fracturado la calavera, las canillas, el huacal o el espinazo. Incluso, algunos infortunados, han entregado el ánima. Recuerdo, entre los grandes mexicanos, a un importante banquero y a un ex secretario de Hacienda que murieron rodando por la imponente escalera de sus bellas mansiones.

Santo chingadazo es el del que cae para abajo, tanto que hace ver como dulce un simple tropezón hacia arriba.

Así es, exactamente, la vida política. El que tropieza cuando va ascendiendo no sufre mayormente. Nada más recordemos los pinches discursos que dicen los cabrones cuando asumen un nuevo cargo. Están tan emocionados que dicen pura pendejada. Están tan envalentonados, que prometen imposibles. Están tan ilusionados, que se comen la lumbre a puños. Y nadie los critica porque no se ven tan mal. Además, como el poder es un buen cosmético, hasta el más pendejo se ve elegante con traje nuevo.

Pero, en cambio, el que se va o al que ya mandaron a la chingada tiene que cuidar su elegancia en lo que dice, en lo que hace y hasta en lo que piensa. Porque así como el ascendente se ve bien vestido, aunque ande encuerado, el cesante se ve harapiento y en tiliches, aunque ande vestido de etiqueta.

Igual que con las escaleras, el que va descendiendo tiene que pensar las cosas más de dos veces. En primer lugar, refrenar el impulso. El hombre prudente cuando llega al filo de la escalera de descenso detiene la marcha, aunque sea dos segundos. Por ningún concepto se sigue con la inercia que traía en la caminata. Sabe que el andar y el descender son dos ejercicios bien distintos, con distinta cadencia, con diferente ritmo y con otra velocidad. No hacerlo así es exponerse a volar hacia el vacío. Además, las distancias son distintas. El paso del humano suele ser más largo que la huella del escalón. El que siga con el mismo tranco va a apoyar la pata en escalón y medio y con esto ya se lo llevó la chingada.

Así, el político cesante debe refrenar su paso y no proseguir con el que traía cuando era don chingón.

Una vez detenido, determina con qué pierna reiniciará y no con la que se le ocurra a su pendejo instinto. Así, el cesante o largado debe pensar, aunque sea dos horas lo que viene, para él, a partir de ese día. Reconocer que ya no podrá utilizar el mismo disfraz ni la misma sonrisa ni el mismo saludo ni los mismos chistes. Lo que estaba bueno para el jefazo no necesariamente es bueno para el ex jefazo. Con decirles que hay políticos tan chingones que cuando dejan el poder hasta cambian de manera de ser con la novia, aunque no cambien de novia.

Por eso es bueno saber ascender, pero es mucho mejor saber descender. El que sabe subir puede conservar su sencillez. El que sabe bajar, puede conservar su majestad. El que sabe subir puede disfrutar de su victoria. El que sabe bajar puede divertirse de su derrota. El que sabe subir es vencedor. El que sabe bajar, es invencible.

Vale.

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