La primera y máxima obligación de todo político es la de mantenerse en el realismo
No cruzar el Niágara en bicicleta
Por Francisco Galindo Ochoa
El que piensa que es propio, que es eterno y que es absoluto, es un pobre pendejo al que pronto vamos a recoger en los desbarrancos del fracaso, de la frustración y de la amargura
Hemos dicho, en muchas ocasiones, que la primera y máxima obligación de todo político es la de mantenerse en el realismo.
De estar siempre en el ejercicio de la política real o ‘realpolitik’, o como se le quiera llamar, pero que es aquella donde, como decían las abuelas, “no hay más cera que la que arde”.
Toda la demás, aunque se le parezca, nada más es sebo, manteca o, simplemente, mierda. Y con éstas no se construye una luminaria, no hay modo de iluminar un altar y no hay manera de rezarle al santo.
Es por eso que hay que seguir varias reglas para no caer en el deschavetamiento de las fantasías, de las quimeras, de las alucinaciones, de las imaginaciones o de las locuras.
De aquella forma de suplantación de la realidad a la que está expuesto el hombre cuando vive una vida prestada y, por lo tanto, ajena y ficticia.
Porque el ejercicio del poder es una vida muy artificial, si se acepta la premisa de que el poder es prestado, si se reconoce que es transitorio y si se admite que es relativo.
El que piensa, por el contrario, que es propio, que es eterno y que es absoluto, es un pobre pendejo al que pronto vamos a recoger en los desbarrancos del fracaso, de la frustración y de la amargura.
Para evitar esto, pueden aplicarse cinco reglas mínimas. La primera de ellas es no caer en la ilusión. Esto no quiere decir, de manera alguna, que no se tengan entusiasmos, que se abandonen las ambiciones o que se pierdan las esperanzas.
Lo que quiere decir, simplemente, es que éstas se construyan sobre supuestos sólidos y factibles. Nada de construir del plan de gobierno o el proyecto de vida nada más con las puras pinches ganas.
Por esas caídas en la ilusión hemos visto políticos de muy altos vuelos que piensan que serán los próximos presidentes del país. ¡Pa-su-madre! Qué duro estuvo el chingadazo que se dieron cuando se cayeron de la cama y despertaron de su sueño. Y luego, allí se quedaron tirados chille y chille, como si fueran bebés culeros que se cayeron de la cuna.
Pero no sólo sucede en la cima de la montaña. Muchos güeyes se han ensoñado y decepcionado por mucho menos que eso. Por una gubernatura, por una secretaría, por una diputación y hasta por una delegación, aunque sea de la Profeco. Todo por andar creyendo que el Niágara se puede cruzar en bicicleta.
La segunda regla es no caer en el engaño. Porque muchas veces el hombre es presa del artificio que le ponen sus jefes, sus asociados o sus achichincles. Por ejemplo dice el jefe a su subalterno: “A ver, fulano, ponte a hacer esto porque me interesa mucho”. Y allí está el otro pendejo dale y dale, pensando que, con eso, se va a ganar las-perlas-de-la-Virgen cuando, en realidad, aquel mandamás lo mandó a ver “si ya puso la puerca”, para que abriera un camino, para que desviara la vista o para que no estorbara el paso.
Todo eso por creer que se puede escalar el Himalaya con huaraches. Que todo lo que relumbra es oro. Como también pasa no sólo con los superiores sino con los socios y los cómplices. “Si hacemos esto nos robamos ‘el home’”. Sucede con los subordinados: “Clarito que sí se puede, mi jefe. Usted na’más deme manga-ancha y va a ver qué resultados tan chingones le entrego. Hasta lo van a premiar a usté”. Y luego, pa’pinche premiada que le dan, como a las jovencitas ilusas y tarugas.
La tercera regla es no caer en la promesa. Que te voy a dar, que te voy a designar, que te voy a postular, que te voy a ascender, que te voy a heredar. Con eso entregan hasta el espíritu, si es que el espíritu usa calzones. Todo por suponer que se puede atravesar el Sahara sin camello. Que todo está a nuestro alcance nada más porque un cabrón nos lo prometió por guasón o por hijo-de-la-chingada.
La cuarta regla es no caer en la adulación. Esta plaga que es la gran perdición de los altos jefes. “No ha habido ni habrá otro como usté”. “Gobernantes tan preparados es lo que le hace falta a este país”. “Usted está haciendo que seamos la cuarta potencia y la octava maravilla”. “Ya chingó, usté, a todos los que se lo querían chingar a usté”. Todo esto por andar creyendo que se puede cruzar el Océano Pacífico con nado de mariposa. Capaz que salen de Caleta y no llegan ni a la Roqueta los muy pendejos y hay que recogerlos boqueando, aunque sea en una lancha de fondo de cristal.
La quinta regla es no caer en la confianza. Ese virus que afecta más que todas las influenzas y los dengues. Que ya vencimos a la pobreza. Que ahora venceremos a la delincuencia. Que ya erradicamos la corrupción. Que ya instalamos la democracia. Que ya cambiamos de país y luego resulta que no pudieron cambiar ni de aeropuerto. Esa autosuficiencia que los hace suponer que son vencedores e invencibles. Todo por creer que se puede volar con la capa de Superman.
En fin, la bicicleta sirve para el parque, no para las cataratas. Los huaraches son para jardinear en Cuernavaca, no para treparse al Everest. La única arena que se debe pisar es la de Playa Diamante, no la del desierto africano. En el único lugar que se debe nadar es en la alberca casera. Y la capa del superhombre es tan sólo para que jueguen los chamacos, siempre y cuando vivan en planta baja.
El que mucho sueña, muy mal descansa.
Vale.