Número 3247   Domingo 20 de mayo de 2012
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Paradojas de la unidad y las cargadas

El PRI cumple sus tiempos, el programa... y el hombre

Por Juan Bustillos

A pesar de que la fractura partidista, algunos, la quisieron poner a punto de turrón, el priísmo ha optado por salvar la coyuntura que le ofrece retornar a Los Pinos

>Cinco años atrás, cuando mi compadre Manlio me decía que no sería candidato y que éste era su sexenio, le contesté que eso incluía serlo o definir a quien lo fuera. No me equivoqué; al retirarse destapó a Enrique Peña

Es irrefutable: Manlio Fabio Beltrones es uno de los miembros mejor equipados de la clase política mexicana para gobernar; para muchos el mejor, con merecimientos suficientes para ser Presidente de la República. ¿Por qué, entonces, no es el candidato de su partido?

El texto de su declinación, publicado el martes pasado, argumenta que el estrecho triunfo del PRI en Michoacán, aunado al aglutinamiento de las izquierdas en torno a Andrés Manuel López Obrador, lo convenció de la necesidad de dotar al PRI de un candidato con posibilidades de triunfo. Y ese es, lo ha dicho, Enrique Peña Nieto.

La gran aportación de Manlio para la recuperación de la Presidencia, según estima, es evitar la fractura priísta. Tiene otras: impuso tiempos y formas a su partido; sólo fracasó en la creación de barreras, en la convocatoria, para evitar los pronunciamientos priístas a favor de sus preferidos, a partir de la convicción propia, y de su grupo, de que la aplanadora de Enrique los avasallaría sin piedad.

TIEMPOS DE JUVENTUD Y POPULARIDAD

Casi cinco años atrás me comentó que no sería candidato presidencial; los tiempos exigían juventud y popularidad, razón por la cual se dedicaría, de tiempo completo, a modernizar el sistema político. “Este es mi sexenio”, me repitió una y otra vez. Con sólo 32 senadores, más él (y el incondicional apoyo de Emilio Gamboa en la coordinación de la Cámara de Diputados en la pasada Legislatura), impuso el ritmo, y hasta la forma de caminar, al Presidente Calderón; incluso, fue factor fundamental para su toma de posesión cuando Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard, Manuel Camacho, Jesús Ortega y Jesús Zambrano intentaron evitarlo por todos los medios.

En franca debilidad, Calderón se vio obligado, como Carlos Salinas con Diego Fernández de Cevallos, a aceptar que sus reformas legislativas llevaran el sello y las ideas de Manlio hasta que la LX Legislatura dio paso a la LXI. El lugar de Gamboa fue ocupado por Francisco Rojas y el equilibrio de fuerzas funcionó en contra del coordinador de los senadores priístas. El ritmo y el sello lo impuso otro, Peña Nieto, identificado con la mayoría de los diputados priístas.

Resulta ociosa una crónica completa, pero las primeras desavenencias priístas en el Congreso, ligadas, ya, a la sucesión presidencial del 2012, se dieron en torno al IVA; luego vendría el enfrentamiento abierto por algunos puntos de la Reforma Política, como la reelección de legisladores y presidentes municipales, así como la más reciente propuesta de Manlio: Los gobiernos de coalición, presentada el 14 de septiembre, "coincidentemente" un día antes de finalizar el mandato de Peña Nieto como gobernador.

LA COMPETENCIA

Mientras, en el primer trienio del sexenio, Manlio construía en el Congreso sus posibilidades presidenciales, exhibiendo sus dotes de estadista por encima de cualquier otro político, incluido Calderón, Peña Nieto intentaba resurgir de las cenizas. Los llamados efectos “Montiel” y “Madrazo” causaron dos desastres electorales, en 2006, en el Estado de México. En marzo, el PRI perdió diputaciones locales y los municipios más importantes; cuatro meses después, en julio, un porcentaje impresionante de diputados federales, dándose el caso adicional de que por primera ocasión en la historia se quedó sin senadores.

Por esos tiempos, Manlio ejercía funciones parecidas a las de vicepresidente de la República por la menguada fuerza de Calderón, mientras Enrique sólo poseía pasado y ningún futuro.

En mayo del 2006, Peña Nieto no pensaba en candidaturas presidenciales, sino en evitar la comisión de errores políticos que pusieran en riesgo al Estado de México ante la Federación, y en identificar, a tiempo, a quien coloquialmente llamaba “mi verdugo”, es decir, su sucesor.

Y aún no cumplía un año de gobierno.

Los gobernadores mexiquenses tienen la costumbre de hacer una recomendación única a sus sucesores antes de entregarles el poder: Empieza a pensar en el que sigue.

Desde entonces, Peña Nieto supo que la sucesión presidencial pasaría por Ecatepec, el municipio más grande del país. En 2009, Eruviel Ávila arrebataba al PRD la presidencia municipal. Acumulaba, así, cuatro triunfos en la misma región: dos para diputado y otras tantas para alcalde. Luego sería candidato a gobernador, se anotaba un triunfo histórico y limpiaba de obstáculos el camino a Peña Nieto.

Cuando Enrique eligió a Eruviel como candidato, el propio Manlio reconoció la frialdad del gobernador mexiquense para tomar decisiones. “No saben lo frío que puede ser”, me comentó.

Pero, en 2009, Enrique recuperó algo más: los municipios más importantes de la entidad, borrando los corredores electorales azul y amarillo; ganó todas las diputaciones federales y se convirtió en la fuerza dominante de la Cámara Baja.

LAS MALDITAS ENCUESTAS

Ya para entonces menudeaban las encuestas y en todas aparecía el gobernador mexiquense como el aspirante a vencer. Fue entonces que Manuel Camacho vendió a Calderón, con éxito, la alianza entre el PAN y el PRD de Jesús Ortega para evitar el regreso del PRI a la Presidencia, conducido por Peña Nieto. El resto es historia.

Con el liderazgo en las encuestas empezaron las campañas mediáticas contra Enrique. Todos sus contrincantes trabajaron para crear la percepción de su supuesta condición de ser mero producto de la televisión, eludiendo el hecho irrebatible de que el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, y el Presidente Calderón aparecen más tiempo en pantalla sin los mismos resultados en los sondeos de opinión.

Un fenómeno a estudiar es por qué la histórica gestión legislativa de Manlio, aunado a su incansable peregrinar por todo el país, similar al de pueblo por pueblo de López Obrador, proponiendo las reformas fiscal y política, así como su convicción “reyesheroliana”, al PRI, de elaborar primero el programa, para decir, primero, al país para qué quiere recuperar la Presidencia y postular después al candidato, no impactó en las encuestas, no obstante que las televisoras, la radio y la prensa escrita le dieron una cobertura aún no cuantificada, pero equiparable a la del resto de aspirantes en la recta final de la definición de las candidaturas.

Aunque, finalmente, así ocurrió, tras los cuatro foros que delinearon el programa, Peña Nieto fue el hombre, aunque faltaran días para su registro.

Más aún, las propuestas de Manlio sobre la ratificación del gabinete presidencial por parte del Senado, la reelección legislativa y los gobiernos de coalición, que contempla la figura de un jefe de gabinete, a las que se opuso Peña Nieto en público y en privado, sirvieron para que la opinión publica retratara a éste como retrógrada. No obstante, las encuestas no se movieron en contra del mexiquense ni a favor del sonorense.

Y empezó la contienda en un sui generis ambiente de civilidad propuesto por Beltrones e impuesto por Peña Nieto a sus numerosas huestes.

LAS PARADOJAS

Uno de los momentos más conmovedores de los últimos tiempos, reflejo fiel de la estatura de ambos, ocurrió en la instalación del Consejo Político Nacional del PRI. Apenas protestaron los nuevos consejeros, Manlio abandonó su lugar en el presidium para ir hasta donde se encontraba el ya ex gobernador mexiquense. El grito de “¡unidad!” fue impresionante. Al concluir el evento, Enrique correspondió yendo hasta donde estaba el coordinador de los senadores para despedirse.

Vinieron los foros de la Fundación Colosio, de Marco Bernal, y la civilidad se mantuvo, hasta que Pedro Joaquín Coldwell redactó la convocatoria para elegir candidato y Humberto Moreira la modificó para permitir los pronunciamientos. “Las cargadas”, diría el presidente de la Comisión de Procesos Internos. El ambiente se tensó por la repentina indignación de un personaje impensado, el senador Francisco Labastida, que de la noche a la mañana pareció ser el vocero autorizado de Manlio. La fractura partidista estaba a punto de turrón.

¿Cómo llegaron a este punto?

Manlio nunca ocultó su malestar porque, en nombre de la unidad, Gamboa se resistiera a enfrentar a Moreira por la presidencia del CEN del PRI. “Si hubiese levantado la mano”, solía decir, “habría dado la pelea con él”. Lejos estaba de imaginar que, meses después, él también, en nombre de la unidad partidista, no levantaría la mano para competir con Peña Nieto por la candidatura presidencial.

Si ésta es una de las anécdotas de la sucesión, también lo es que siendo la supuesta inequidad (autorización para “cargadas”) la causa oculta en los considerandos de su carta de declinación, lo es, igualmente, que el segundo pronunciamiento a favor de Peña Nieto corriera a cargo de Gamboa, líder de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares; el primero fue el suyo.

Y EN MEDIO DE NOSOTROS, ELBA ESTHER

Una anécdota más:

Gamboa estaba destinado a ser el dirigente nacional priísta una vez concluido el mandato de Beatriz Paredes, pero la cercanía con Beltrones (tres décadas de jugar juntos) puso bajo sospecha su imparcialidad; así, Moreira irrumpió, desde Saltillo, con la irresistible oferta de no aspirar, desde el liderazgo partidista, a suceder al candidato presidencial en caso de incapacidad de éste por la razón que fuese, desde una mala campaña hasta pisar una cáscara de plátano. Más aún, ofrecía no ser candidato a diputado o senador para evitar quedarse con la coordinación de una de las bancadas en caso de derrota del candidato presidencial.

La irrupción de Moreira tomó de sorpresa a Gamboa en Europa; a su regreso encontró que el más entusiasta cabildero entre los mandatarios priístas a favor del gobernador de Coahuila era su colega de Aguascalientes, el senador con licencia Carlos Lozano, identificado con Manlio. No entendió, pero decidió mantener la armonía en el partido y no se opuso al arribo del bárbaro del Norte.

Así perdió Manlio la posibilidad de controlar al partido.

Pero Moreira traía en el morral un activo adicional: la garantía de alianza con la lideresa del SNTE y del Partido Nueva Alianza.

Elba Esther Gordillo no es, precisamente, amiga de Manlio. En tiempos de Ernesto Zedillo, el entones secretario de Gobernación, Francisco Labastida, y su subsecretario, Gamboa, no pudieron convencerla de entregar la CNOP al ex gobernador de Sonora; sólo por capricho lo hizo esperar, hasta encontrar un mejor acomodo.

Las diferencias entre ambos datan de la militancia de la profesora en el grupo político de Manuel Camacho y Marcelo Ebrard, y de cuando Manlio operó desde la Subsecretaría de Gobernación la defenestración de Carlos Jonguitud Barrios para entregar el liderazgo del SNTE a Elba Esther.

Luego se enfrentarían por la coordinación de la bancada priísta en la Cámara de Diputados. Manlio perdió, pero, poco después, Gordillo debió ceder su lugar al mexiquense Emilio Chuayffet, que con el tiempo dejó de ser el extraordinario amigo que fue de Beltrones.

Las diferencias con la profesora crecieron, por ser Manlio el principal operador de Roberto Madrazo en el PRI, a quien ella acusó de traición; luego sería expulsada por la misma razón: su alianza con Vicente Fox.

La enemistad perdura, a grado tal de que en alguna reunión con Peña, Moreira y Gamboa discutieron por ¡Ricardo Henaine!, el presidente del equipo de futbol Puebla, a quien detesta el protegido de la profesora, Rafael Moreno Valle, gobernador de Puebla, pero que goza de la amistad de Manlio. Para zanjar la discusión, el senador dijo: “Es un asunto de familia”.

A la vista parecen anécdotas sin importancia, pero ayudan a entender algunas de las paradojas de la sucesión priísta.

EN RETIRADA LA GENERACIÓN DEL 93

Gamboa es experto en construir candidaturas. Ha participado como operador en cinco de las seis últimas, de Miguel de la Madrid a Enrique Peña Nieto. Sólo se ha equivocado con Francisco Labastida, y un poco con Enrique Jackson.

Compartió la coordinación de la campaña de Labastida con Esteban Moctezuma y terminaron entregando el poder al PAN.

Labastida sostiene que en aquel tiempo no quería tener cerca a Manlio. Miente; la instrucción recibida fue que Beltrones no estuviera cerca del aspirante a candidato porque el árbitro del proceso interno era su mentor, don Fernando Gutiérrez Barrios, el hombre leyenda.

¿Cómo podrían convencer a Roberto Madrazo de la imparcialidad de don Fernando? Además, Manlio ya era uno de los mejores amigos de Madrazo.

Seis años después, Manlio fue coordinador de la campaña de Roberto. Madrazo se agandalló la candidatura presidencial recurriendo a cuanto expediente tuvo a su alcance para liquidar a Arturo Montiel, antecesor de Peña Nieto en la gubernatura mexiquense.

Hoy, Enrique será el candidato de unidad del PRI.

Nos perderemos el espectáculo de la competencia entre Manlio y Enrique, pero con la declinación de Beltrones inicia el final de la generación de 1993 que disputó la Presidencia al amparo de Carlos Salinas.

Sólo sobrevive, en primera línea, Andrés Manuel, que en aquellos tiempos servía de acarreador de contingentes para impresionar a Salinas con la capacidad negociadora de Manuel Camacho, que hoy coordina su campaña presidencial.

Y Liébano Sáenz, secretario de Prensa de Luis Donaldo Colosio, conduciendo su empresa encuestadora, Gabinete de Comunicación Estratégica, a la que Beltrones identifica como una de las causantes del lugar que ocupa en la percepción nacional, cuando, en realidad, todas coinciden con sus números.

LA PRIMERA CARGADA

Sí, Manlio es el hombre que algunos sectores quisieran en la Presidencia, por su mano firme, indudable experiencia y su condición de hombre de Estado. En lo personal, me pierdo la oportunidad de registrar sus movimientos en la madre de todas las batallas y el gusto de ver protestando como Presidente de México al más acabado producto de mi generación, con el que nos jugamos todo por Luis Donaldo Colosio y corrimos muchas otras aventuras.

En cambio, lo veré apoyando a quien, en sólo tres años, recuperó todo lo perdido en el Estado de México, se apoderó del PRI y de la Cámara de Diputados, y logró fijar en la opinión pública, pero sobre todo en el propio Manlio, Calderón y todas las fuerzas políticas, que es el hombre a vencer.

Todos se preguntan por el futuro de Manlio. En su carta declinatoria proclamó que ese mismo día empezaba de nuevo. Él mismo será su propio límite, sin embargo, cual sea el resultado electoral del 1 de julio del 2012, el escenario habrá cambiado.

Antes, Moreira se tomará un descanso, como prometió, y la secretaria general, Cristina Díaz, ascenderá; en marzo próximo, al inicio de la madre de todas las batallas, quizás Gamboa llegue al liderazgo nacional priísta con un año de retraso, y otros, mucha gente nueva, formarán el círculo cerrado del candidato presidencial.

Las preguntas a responder son: ¿En dónde quiere estar Manlio y en dónde lo quiere Enrique?

Como IMPACTO informó en exclusiva la noche del lunes 21, después de enviar su declinación a los periódicos, Beltrones se dirigió a cenar, durante cuatro horas, con Peña Nieto. No le envió el texto con anticipación. Fue la última charla antes de retirarse de la contienda. Algo que sólo ellos saben habrán acordado.

Cinco años atrás, cuando mi compadre Manlio me decía que no sería candidato y que éste era su sexenio, le contesté que eso incluía serlo o definir a quien lo fuera. No me equivoqué; al retirarse destapó a Enrique Peña. De hecho, lo hizo en el momento mismo en que envió el documento a los periódicos y comunicó su declinación, personalmente, al ganador en la cena.

Su retirada, en páginas de periódico y en video de Internet, constituyó, en los hechos, la primera cargada; al día siguiente, cuando Gamboa lo hizo ante los medios de comunicación, sólo fue consecuente con la decisión de su hermanito.

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