Número 3247   Domingo 20 de mayo de 2012
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La separación Iglesia-Estado

Si Juárez viviera...

Por Juan Bustillos

La imagen, del pasado 18 de diciembre, del Presidente Felipe Calderón comulgando ante el cardenal Norberto Rivera es histórica

>El titular del Poder Ejecutivo acudió con su esposa y sus hijos, a la Basílica de Guadalupe, a un acto de oración por la paz nacional

>¿Qué pudo el Presidente confesar para estar en condiciones de comulgar? ¿Qué secretos guarda el cura que lo escuchó? ¿Cuál la penitencia?

No se trata de hacer mofa de las preferencias religiosas del Presidente de la República, ni siquiera regatear su derecho a profesarla en público o en privado, pero un jefe de Estado no puede, no debe, por lo menos el mexicano, y salvo que se llame Vicente Fox, lastimar la investidura y a varios millones de mexicanos militantes de otras iglesias diferentes a la suya o que, simplemente, han perdido o la fe o nunca han creído en dioses, santos y vírgenes.

La imagen es histórica. A querer o no, remite a los solemnes “te deum” previos a la irrupción, en nuestra historia, de Benito Juárez y sus leyes de Reforma, en donde la convivencia en santa armonía de los poderes divino y público, subordinado el segundo al primero, escribió algunas de las páginas más terribles de nuestra historia.

Los de hoy son otros tiempos, sin cabida, debo reconocerlo, para nostálgicos jacobinos decimonónicos y trasnochados que, escandalizados, rasgan sus vestiduras y cubren con ceniza las testas en señal de duelo por la defunción de la histórica separación Iglesia-Estado.

Nos dirán, y no sin razón, que la fotografía nada significa; el Presidente de la República Mexicana puede, como cualquier ciudadano, profesar la religión de su preferencia o no tenerla si en nada cree, pero la escuela pública odiada por el mártir cristero Anacleto González Flores nos enseñó otra cosa, como cuentan los evangelistas que Cristo dijo sobre Dios y el César. El Presidente por un lado y el clero por el otro, lo interpretamos aquí.

En realidad, Felipe Calderón no es el primer Presidente de la República Mexicana que limpia alma y cuerpo para, ya libre de pecado, estar en condiciones de recibir en público el cuerpo de Cristo, pues antes de tomar posesión, en la Cámara de Diputados, el 1 de diciembre del 2000, Vicente Fox, todavía en su condición de mandatario electo, hizo una parada técnica en la Basílica del Tepeyac para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe y comulgar. Lo pudo hacer porque técnicamente no vivía en pecado, o al menos eso creíamos.

Luego dejó de hacerlo en público; para un sector de la jerarquía católica vivía en pecado con Marta Sahagún, pero para otra, dispuesta a interpretar la doctrina y el canon dependiendo de quién esté a juicio, vivían en santidad. Hoy ya no hay impedimento. Los anteriores matrimonios eclesiásticos de la ex pareja presidencial fueron disueltos y en julio del 2009 recibieron, de nueva cuenta, la bendición sacerdotal bajo la advertencia, ya escuchada con anterioridad, de que nadie en la tierra tiene potestad para separar lo unido por el cielo, salvo disposición, en contrario, del Vaticano, que para eso tiene asesoría del Espíritu Santo.

TIEMPOS ELECTORALES Y EL ARTÍCULO 24

Desde la Reforma, Felipe Calderón es el primero en comulgar en público, en goce de su condición de presidente constitucional y en pleno proceso electoral, si bien esto debe ser mera coincidencia, pues sería inconcebible que la escenografía hubiese sido montada para impresionar a los millones de católicos inscritos en el padrón que definirá el rumbo del país en el 2012.

No. Calderón acudió a la Basílica a participar en la Jornada para la Paz en México. Nada de cuestiones electorales. A orar sí, a fin que la justicia, la esperanza y la caridad toquen el corazón de los violentos, como pidió doña Margarita Zavala, su esposa.

La cámara de IMPACTO, consciente del momento histórico, no pierde detalle. El Presidente abre la boca, muestra discreto la lengua y recibe la sagrada eucaristía de manos del cardenal y arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera, que luego, con los reporteros, se congratularía de la separación de Estado e Iglesia.

No ironizaba el cardenal. No bromeaba. Bajo su perspectiva, y la del Presidente, no violenta a la ley el mandatario que acude ante la Guadalupana a recibir cuerpo y sangre de su hijo convertidos en pan y vino.

Tampoco se debe buscar otro mensaje, en especial el político, como persistimos en hacerlo quienes pensamos que Juárez no debió morir o que por lo menos el viento no debió llevarse al demonio sus Leyes de Reforma.

El evento ocurrió, desafortunadamente, en el contexto de una reforma legislativa que dividió a la Cámara de Diputados, pero incomprensible para los no iniciados.

Legisladores y analistas no logran establecer si la nueva redacción de un párrafo del Artículo 24 constitucional dará pie o no a la impartición de educación religiosa en las escuelas, públicas o privadas, como advierten el senador perredista Pablo Gómez y Jorge Alcocer, o si fortalece al Estado laico y amplía los derechos de las personas, como sostiene el perredista Guadalupe Acosta Naranjo, presidente de la Cámara Baja, y, desde luego, el cardenal Rivera.

Y ocurre cuando algunos sectores políticos sospechan de la anunciada visita del Papa Benedicto XVI a León, Guanajuato, en vísperas de las elecciones del 2012. ¿Tiene que ver con una estrategia electoral pactada entre la Iglesia católica mexicana y la cúpula gubernamental panista?

Es improbable, porque las relaciones entre el gobierno de Calderón y la jerarquía católica no han sido lo esperado; en medios eclesiásticos se duelen de la falta de apoyo panista en su lucha contra la aprobación del aborto, por ejemplo. Encontraron mayor solidaridad en el PRI.

Más aun, en la inauguración de la Plaza Mariana no hubo invitación al Presidente, pero los estrategas de Los Pinos decidieron incorporarlo al festejo en el último momento. Ahí tuvo que escuchar el agradecimiento de la Arquidiócesis a Andrés Manuel López Obrador por el apoyo durante su jefatura de Gobierno del DF.

La visita papal es interpretada como evento propagandístico, más descarado aún que la beatificación de 13 mártires cristeros el 20 de noviembre del 2005, siete meses antes de las elecciones del 2006. Fue una ceremonia a la que no asistió el Presidente Fox, pero figura principalísima fue su secretario de Gobernación, Carlos Abascal, quien ahora camina a la santidad previa declaratoria de beato.

El 14 de enero de 2009, en la inauguración del VI Encuentro Mundial de las Familias, el Presidente Calderón dio la bienvenida a los participantes “…a esta tierra de María de Guadalupe y de San Juan Diego, y también de los mártires de la persecución…”, en referencia a los cristeros beatificados por Juan Pablo II.

Y VIENE EL PAPA BENEDICTO XVI

Que Calderón milita en la Iglesia católica (cada vez con menos feligreses, como asegura el INEGI) no es secreto de Estado. A la menor provocación lo exhibe citando pasajes evangélicos y asistiendo a eventos propios de su confesión religiosa, sin embargo, se le ha llegado a relacionar con la agrupación Casa de la Roca, de origen colombiano, una especie de enlace de su gobierno con las iglesias protestantes.

Pero la pregunta es si, en pleno siglo XXI, el Presidente de México puede o no ofrecer ejemplos como el que tomó desprevenidos a los medios de comunicación en la Basílica.

Por un lado es un alivio saber del Presidente de la República su condición de hombre sin mancha porque para recibir el cuerpo y sangre de Cristo, antes debió confesar las culpas que pudiera tener y recibir el “ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris …”, previa promesa de no repetir los pecados perdonados y, desde luego, cumplir la penitencia impuesta por el sacerdote.

¿Qué pudo el Presidente confesar para estar en condiciones de comulgar? ¿Qué secretos guarda el cura que lo escuchó? ¿Cuál la penitencia?

Por el otro lado, quedamos los jacobinos trasnochados incapaces de digerir la fotografía que niega la Guerra de Reforma, aquella que dio por separados, al menos en público, a la Iglesia y al Estado.

Tengamos las cámaras listas para la visita de Benedicto XVI. Sin duda, el Presidente colocará las rodillas en tierra guanajuatense e inclinará la cabeza para recibir la bendición del sucesor de Pedro. Tal vez hasta bese el anillo del Pontífice, del jefe del Estado Vaticano, en señal de sumisión.

Si Juárez no hubiera muerto, Carlos Salinas no habría reformado el 130 constitucional y Calderón no habría acudido a la Basílica a comulgar. Iglesia y Estado seguirían viviendo un santo amancebamiento, pero en privado.

Comentarios

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Imagen de georgina bravo moral Jueves 12 de enero de 2012

georgina bravo moral dijo:

caray nada les gusta,y ahora por que culparlo de tantas muertes,que el los mato? se están matando entre ellos porque a muchas madres y padres de familia les valio los chamacos y los dejaron hacer lo que fuera,ni modo que no te des cuenta en que andan tus hijos? ahora la pregunta es,si el no se hubiera puesto en contra del narco,como estaríamos???????????

Imagen de Vanessa Fourlong Miércoles 28 de diciembre de 2011

Vanessa Fourlong dijo:

Decían los clérigos acerca de los comunistas, "Sus almas ya están salvadas, que el ejército haga con sus cuerpos lo que quiera"

La iglesia JAMÁS debe estar por encima del gobierno.

Imagen de Lecho Martes 27 de diciembre de 2011 (1)

Lecho dijo:

¿Cuantas ave Maria y padres nuestros por 50 mil muertos?

Felipe Calderón no es el primer Presidente
de la República Mexicana que limpia alma y cuerpo para, ya libre de pecado, estar en condiciones de recibir en público el cuerpo
de Cristo

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Vicente Fox, todavía en su condición
de mandatario electo, hizo una parada técnica en la Basílica del Tepeyac para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe
y comulgar

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