El ‘allá tú’ de Calderón pudo haber sido una advertencia para Cordero
El arte de leer mensajes y retirarse a tiempo
Por Juan Bustillos
Josefina Vázquez Mota y el ex secretario de Hacienda saben que, pese a los empalagosos arrumacos, el momento del cobro de los agravios llegará fatalmente
>¿Con Juan Camilo Mouriño como precandidato, de no haber ocurrido aquel fatal accidente, Josefina y Santiago se habrían lanzado al ruedo?
Si la anécdota es cierta, Ernesto Cordero vendría a ser el único responsable de la aplastante y previsible derrota sufrida ante Josefina Vázquez Mota.
Para desvirtuar la percepción generalizada de ser el candidato oficial de Los Pinos, contó que al comentar con el Presidente su decisión de competir por la candidatura panista, Felipe Calderón lo despidió con un “allá tú”, amistoso para él, pero ominoso para cualquiera que sepa leer entre líneas.
Experto en números, el ex secretario de Hacienda quizás no lo sea en lenguaje. El “allá tú” pronunciado en el Olimpo en esas circunstancias, y con la característica sonrisa irónica de Calderón, no podía ser interpretado como mensaje de apoyo al hijo bien amado, sino como advertencia amistosa de que lanzarte del trapecio es por tu propia decisión y no por cumplimiento de una misión impuesta.
Si Ernesto fue o no el candidato de Calderón, sólo ellos lo saben. Es probable que lo haya sido por la poderosa red de protección, formada por funcionarios federales, estatales y partidistas del más alto nivel, pero entre su salida de Hacienda y el 5 de febrero se sucedieron señales y acontecimientos posibles de ser interpretados de una y otra forma.
No obstante, al final, lo que importa es el resultado: El precandidato azotó en el suelo porque la red de protección no funcionó.
EL DESALIENTO
Un par de semanas antes de la primera gran derrota de Ernesto Cordero (ésta a manos de los consejeros políticos del PAN que se negaron a aprobar la llamada "elección indicativa", planeada por Juan Molinar Horcasitas y Alejandro Poiré para sacar de la contienda a Santiago Creel y colocar en el arrancadero al ex secretario de Hacienda en igualdad de condiciones con Josefina Vázquez Mota), IMPACTO tuvo noticia del gran debate, en el equipo del ex secretario de Hacienda, sobre la conveniencia de no registrar su precandidatura.
Irónicamente, en esa confrontación definitiva, el campeón del debate no participó. Sólo lo hicieron algunos de sus allegados, los primeros en sumarse a su causa.
De las entrañas del corderismo nos llegó el informe sobre el desaliento creciente en el equipo. El aspirante los tenía desconcertados. Lo mismo cancelaba entrevistas exclusivas y conferencias de prensa que eliminaba de su agenda jornadas completas de proselitismo para encerrarse en casa. Hasta tuvieron dificultad para filmar en familia el mensaje navideño.
El desánimo les venía de observar el suyo.
Algo inexplicable hasta hoy había ocurrido después de las descaradas cargadas protagonizadas por el gabinete y los gobernadores panistas en franca bienvenida al secretario de Hacienda como obvio “delfín” del Presidente.
Todo fue registrado, puntualmente, en las páginas de IMPACTO.
Hubo advertencias mayores: La alegría de haber conseguido trepar cuatro puntos en las encuestas, obligándolo a la molesta tarea de estar presente en todo tipo de medios de comunicación, se desvaneció al perderlos por su decisión de permanecer en Michoacán, apoyando la campaña de Luisa María Calderón a gobernadora.
No emocionaban al equipo ni siquiera las miles de firmas que los gobernadores amontonaban a sus pies, ni la milagrosa apertura del espacio electrónico que registraba los desangelados pronunciamientos del precandidato.
LAS SEÑALES OMINOSAS
Y luego vinieron las deserciones notables, como la del ex delegado en Cuajimalpa, Carlos Orvañanos, que de ser, con el ex secretario del Trabajo, Javier Lozano, uno de los corderistas de pura cepa, decidió, sin aviso previo, cambiar de camiseta.
Fue un episodio de escándalo porque días atrás había jurado amor eterno a Ernesto en una cena en la que participaron los padres de Juan Camilo Mouriño, en ocasión de la develación de un busto del extinto ex secretario de Gobernación.
Fue notable la reacción de sus ex compañeros de establo. En especial la de Lozano, que, con la franqueza que lo caracteriza, lo exhibió como traidor.
La culpa de la deserción fue cargada a Roberto Gil, que por entonces aun despachaba como secretario particular del Presidente Calderón, pero que de manera inopinada, pronto, pasaría a coordinar la campaña de Vázquez Mota.
La realidad fue otra; según Orvañanos, ocupaba el primer lugar entre los aspirantes a candidato a jefe de Gobierno del DF, pero los corderistas lo colocaron al final de la fila y por eso decidió buscar otros horizontes.
Sin embargo, el golpe demoledor fue la incorporación de Gil al equipo de Josefina. El corderismo no supo interpretar el movimiento; incluso, llegaron a menospreciarlo. La explicación a IMPACTO fue que se adelantó a un cese anunciado, pues supuestamente fue descubierto jugando las contras al candidato de Calderón desde la secretaría particular del Presidente. La deserción de Orvañanos era ofrecida como prueba irrefutable.
El golpe asestado por la incorporación de Gil como coordinador del equipo de la precandidata opositora al supuesto candidato oficial de Calderón no fue compensada con la del cuñado del Presidente, Juan Ignacio Zavala, al de Cordero, ni con la participación abierta de Luisa María, la hermana del Presidente, que así correspondía a la presencia de Ernesto en Michoacán, en los últimos días de su campaña como candidata a gobernadora.
LA INDICATIVA Y LOS DEBATES
No obstante, de la presunta crisis vivida por el corderismo, el precandidato emergió, en apariencia, renovado. Cambió de look y se dedicó a agredir a Josefina en cuanta oportunidad se le presentaba. Simultáneamente, desdeñaba la porfía de los encuestadores de mantenerlo en el sótano.
Quizás ocurrió que a alguien con mucha imaginación se le ocurrió la fórmula perfecta para salvar la campaña del naufragio anunciado por los encuestadores y los periodistas no militantes.
Como de la nada surgieron la “elección indicativa” y los debates, como recursos para sacar a Creel de la contienda y exhibir en Vázquez Mota la ausencia de capacidades para conducir al país, en contraste con las sobradas de Cordero.
Eran las únicas fórmulas posibles para explicar lo inexplicable: Que el sotanero de las encuestas derrotara a la puntera, que en los últimos sondeos le llegó a sacar ventaja de hasta 50 puntos porcentuales de diferencia.
La tarde que el Consejo Político Nacional se reunió para decidir la “elección indicativa”, el corderismo rebozaba de entusiasmo. De 40 votos tenían asegurados 32, mientras Josefina y Santiago apenas sumaban 8. La victoria era de rutina.
Sin embargo, algo ocurrió que, antes de transcurrir una hora, el Consejo decidió echar la “indicativa” al cesto de la basura, pero aprobó la realización de dos debates.
El corderismo se negó a aceptar como derrota la negativa del Consejo a enfrentar a los precandidatos en la “indicativa”, porque interpretaron la resistencia de los representantes de Josefina al enfrentamiento en los debates como temor a las capacidades superiores de Ernesto para discutir los temas torales de la nación. Evidentemente, confiaban que al apabullarla conseguiría el milagro de dar vuelta a la percepción creada por las encuestas.
EL FIASCO DEL DEBATIENTE
Los josefinistas consideran que la negativa del Consejo a realizar la “indicativa” fue el momento que marcó el rumbo de la contienda. En palabras de Vázquez Mota, se podría decir que en ese momento “se coció el arroz”.
Por ello, la ex secretaria de Educación se dedicó a nadar de a muertito en los debates. Ni siquiera se dignaba a mirar a sus rivales, concretándose a mirar a la cámara y pedir a los panistas emitir su voto con libertad. El mensaje subliminal era obvio: Rechaza la imposición.
En realidad, ni debates hubo. Ernesto no resultó ser el gran polemista que presumía ser, retando, a diario, al priísta Enrique Peña Nieto a discutir sobre cualquier tema, en especial los suyos, los económicos.
En los enfrentamientos, sobre todo en el último, se dedicó a lanzar anzuelos con la esperanza de pescar a Josefina. No obstante, sus pullas eran de pena ajena: Que si la ex coordinadora de los diputados panistas utilizó la tribuna de la Cámara de Diputados solamente cinco veces para defender las políticas del Presidente, que si sólo estuvo presente en el 6 por ciento de las votaciones.
Peor aún: Sacó de la manga el símil del piloto y los pasajeros para ilustrar que mientras Josefina y Santiago viajaban confortablemente sentados en el avión, él lo piloteaba con Calderón. ¿Quién se atrevería a confiar el avión a un pasajero?, preguntaba.
Vázquez Mota lo ignoró; sólo, en conferencia de prensa, se refirió a su falta de conocimiento del trabajo legislativo.
¿Y SI JUAN CAMILO NO HUBIERA MUERTO?
Los debates pasaron y las encuestas no se movieron. Josefina continuó en la cima, y Ernesto en la sima. Pese a ello, los corderistas y una buena cantidad de periodistas especializada en política persistían en no ver lo que estaba por ocurrir. Suponían que la maquinaria electoral del panismo, aceitada por gobernadores, delegados federales en las entidades y la cúpula del partido en el poder, se movería obedeciendo instrucciones de Los Pinos. Decían no ver la forma como Josefina podría derrotarla. Tuvieron que tragarse sus palabras.
Así llegó el domingo y los corderistas de a de veras lamentaron haber dejado pasar la oportunidad de no registrar la precandidatura, como lo pensaron en los tiempos en que creyeron percibir desaliento en Cordero. Se habrían ahorrado el ridículo y el terror al mañana previsible. La derrota fue aplastante y no se dejan engañar por la política amorosa que (ésta sí) plagió Josefina a Andrés Manuel López Obrador. Saben que, pese a los empalagosos arrumacos, el momento del cobro de los agravios llegará fatalmente.
El triunfo inobjetable de Josefina da pie a otras elucubraciones. Cordero fue precandidato emergente a causa de la ausencia de Juan Camilo Mouriño. El hubiera no existe, pero de no ocurrir el avionazo del 4 de noviembre del 2008 es seguro que no habría participado en la contienda porque el Presidente tenía todas sus esperanzas puestas en el joven campechano y, de esa forma, no lo habrían debutado prematuramente en las Ligas Mayores; por un tiempo más habría permanecido en la AAA.
¿Con Juan Camilo como precandidato, Josefina y Santiago se habrían lanzado al ruedo?
Ya nunca sabremos si Mouriño habría dado pelea a Josefina, como tampoco veremos un debate entre Cordero y Peña Nieto.
Y, claro, nunca sabremos el verdadero significado del “allá tú” con que Calderón despidió a Ernesto.