Fallece el último de los grandes muralistas de México
El legado de José Reyes Meza
Por Carlos Villa Roiz
Cuando, por la edad, ya no podía trepar andamios y pintar en grandes formatos, se refugió en su caballete, desde donde salía cuadro tras cuadro como pan caliente
El pasado 31 de octubre falleció el último de los grandes muralistas de México, José Reyes Meza, cuya obra va desde sus coloridos bodegones en caballete hasta los grandes murales en algunos edificios públicos de la República Mexicana y en Estados Unidos, la decoración y el diseño de modernas iglesias, hasta el monumental mural tallado en la montaña que corona la Presa Raudales de Malpaso, en Chiapas, y que mide más de 100 metros de largo.
Algunos de sus murales están en lo que fuera el Casino de la Selva, en Cuernavaca, Morelos, antes de que transformaran este espacio en una tienda departamental; otros son mosaico que decora la fachada del Pan American National Bank de Los Angeles, California, y los del Registro Federal de la Propiedad, en la Ciudad de México.
Otros se encuentran en colecciones del Museo Nacional de Historia-Castillo de Chapultepec, el Senado de la República, el Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), además del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, de la Colección FEMSA, la Organización Benavides, el Museo de Arte Moderno de Phoenix y el Smithsonian Institution en Washington, entre otros.
PERFIL HUMANO
Quienes conocimos a José Reyes Meza sabemos que estos apuntes biográficos se quedan cortos, pues, en sus 86 años de vida, él fue torero, chef, jaranero de corazón, que cantaba en décimas a su tierra natal: Tamaulipas; fue asesor de coreografías y escenógrafo que impulsó, en su momento, el cancán; trabajó para la compañía de teatro de Enrique Rambal, y con grupos de danza y ballet, en instancias como el Instituto Nacional de Bellas Artes o el grupo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por su montaje, en la UNAM, de “Bodas de Sangre” fue considerado el mejor escenógrafo del año.
Autor de varios libros, José Reyes Meza era poseedor de una amplia cultura y de singulares experiencias que llevaban al interlocutor, en reuniones bohemias y grandes comilonas que él mismo preparaba, a adentrarse en nuestra propia historia a través de cientos de anécdotas que contaba, pues él llevó estrecha amistad con personajes como el poeta León Felipe, Silvia Pinal, Amparo Montes y todos los grandes actores y cantantes de su tiempo; pintores como Diego Rivera y Frida Kahlo, Tamayo, Siqueiros, Jorge González Camarena, su maestro cuando era estudiante, Francisco Goitia; escultores como Humberto Peraza, la cantante Viola Trigo o el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo
Reyes Meza se casó con María Luisa Algarra, autora teatral española refugiada en nuestro país a causa de la Guerra Civil, una intelectual reconocida que llevó amistad con personalidades como Pablo Picasso y Salvador Dalí.
El maestro Reyes Meza, además, participó en la decoración de modernas iglesias, entre ellas las de San Antonio de Padua, donde diseñó magníficos vitrales y pinturas en las criptas; Santa María de los Apóstoles, en Tlalpan, la Inmaculada Concepción, en la colonia Relox, o Nuestra Señora de Guadalupe, donde hizo un retablo de 15 metros de altura.
LA PROPORCIÓN ÁUREA
Reyes Meza tuvo una obsesión creciente por ahondar en el conocimiento de la Línea Áurea (1.609), razón por la que exploró lo mismo la Biblia que los escritos de Platón y las tablas de Fibonacci. Sus investigaciones, sobre las que iba y venía, lo llevaron a una especie de esoterismo literario en sus libros “Signos Sagrados” y “El círculo mágico y el alma del mundo”, que él mismo ilustró.
Esta misma proporción Áurea está presente en toda la obra del maestro Reyes Meza, lo mismo en cuadros de pequeños formatos que en sus grandes murales, de modo que sus modelos siempre quedaron inscritos en previos trazos geométricos y cuadrículas que él trazaba, y en esto radica parte del secreto de composición y armonía de su colorida obra. El número siempre estuvo detrás de sus pinceles.
Otra de sus características fue el enfrentado de colores secundarios, con los que creaba efectos ópticos llenos de magia, entre luces y sombras. Alguien se refirió a él como “El alquimista del color.”
Mención especial merecen sus paisajes panorámicos, como ventanas abiertas entre las paredes de los museos, y sus cuadros taurinos, en los que revivía las experiencias de su juventud, cuando asistía a las tientas de novillos de ganadería en ganadería.
Hacer un inventario de la obra de Reyes Meza sería imposible, pues las viñetas y dibujos que realizó, para ilustrar libros y periódicos, son incontables, y su obra de caballete es como archipiélagos dispersos en las colecciones privadas. Trabajaba sin descanso, porque esa era su forma de vida; creando disfrutaba la vida y la vivía de manera más intensa.
Aún así, no pudo materializar todos sus proyectos, principalmente aquellos que quería conservar para sí, con una espiritualidad que oscilaban entre la fe y la ciencia, con un complicado entretejido mariano. Peregrino frecuente a Santiago Compostela, en Galicia, José Reyes Meza recorrió aquellos caminos cuantas veces pudo, sin que dejara pintura alguna de aquellos viajes marcados por el misticismo.
México perdió a uno de sus grandes muralistas. Lastimado por la destrucción de gran parte de sus murales en Cuernavaca, nunca cayó en desánimo, y cuando, por la edad, ya no podía trepar andamios y pintar en grandes formatos, se refugió en su caballete, desde donde salía cuadro tras cuadro como pan caliente, dando a cada uno el tiempo de madurez necesario para realizar obras maestras.